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viernes, 7 de diciembre de 2007

***Cara de ángel y Colorote: El Homoerotismo Troyano—(TEORÍA DE GÉNERO).

Alumno: Erick Tejada Sánchez.
Curso: Género y familia I, profesor: José Luís Ramos, cuarto año de Sociología. UNIVERSIDAD NACIONAL DE SAN AGUSTÍN-AREQUIPA, PERÚ.
Año: 2004

Ciertos deseos y pasiones deben leerse y vivirse entre líneas. Sobre todo vivirse, hablando bajito y con las luces apagadas, después que todos se han ido a dormir. A veces incluso hay que prescindir del uso pleno de nuestras facultades, para no paralizarse del espanto que deriva de los conventos, aunque hablando en verdad, el pudor se deshecha de a pocos con cada preservativo.

En los párrafos que siguen, escudriñaré en “Cara de Ángel”[i], un cuento memorable de Oswaldo Reynoso, los artificios del género y su “matriz heterosexual”[ii] para asimilar las disidencias, de manera no menos violenta y efectiva que la de su franca y abierta coacción institucional.

Exploración previa: masculinidad y violencia

La construcción y reafirmación de la masculinidad es un asunto difícil y en muchos pasajes doloroso. Es una empresa afectivamente castradora, que en todo momento persigue la supresión compulsiva de cualquier exteriorización de las emociones a través del llanto o de alguna otra forma que insinúe debilidad, una condición incompatible con el ideal masculino.

Todas las instituciones sociales, como la familia o la escuela, operan para internalizar los roles de género en los individuos, que no tienen en absoluto la posibilidad de elegir. El ‘sexo’ se consagra como un fenómeno pre-discursivo[iii], ‘natural’, y por lo tanto incuestionable. Socialmente se genera una expectativa sobre los comportamientos que corresponden a quienes poseen un pene –o una vagina-, que no pocas veces entra en conflicto con las pulsiones íntimas de los individuos. Así, Cara de Ángel se confiesa: “Esa noche hubiera sido bueno llorar”. Las implicancias de este proceso de masculinización para el adolescente protagonista son bastante claras: “Siempre he querido ser un hombre. Pero siempre he fracasado. Tengo miedo de ser cobarde[iv]. Si uno quiere tener amigos y gilas hay que ser valiente, pendejo. Hay que saber fumar, chupar, jugar, robar, faltar al colegio, sacar plata a maricones y acostarse con putas. He intentado todo, pero siempre me quedo a la mitad, ¿será porque soy cobarde?”.

El empleo de la violencia es un elemento central de la identidad masculina. El hombre, se asume, es violento por naturaleza. Cara de Ángel admite apesadumbrado: “Siempre tengo que trompearme para demostrarles que soy hombre”. También, como una forma de violencia asociada a la masculinidad, se cuenta la transgresión permanente de las normas. [v]

Llámalo amor si quieres

Como en esta parte del relato, muchas herejías sexuales adolescentes no pasan de las meras insinuaciones. Para descubrir que uno puede ser de veras un chico malo, hacen falta cientos de miradas cómplices y silentes, decenas de tocamientos accidentales y otras tantas concurrencias -¡oh!- inesperadas y a veces desesperadas, aprendizajes acumulados no exentos del todo de algunos daños colaterales.

La coartada de Colorete es siempre la perfomance de macho: burla, chantaje, violencia; la feminización de la víctima. La pantomima empero, no puede resultar infalible, y como suele suceder en tantas alcobas semejante bravura no resiste por mucho tiempo la exasperante intimidad: “Uno a uno los muchachos se fueron. Al final sólo quedó Colorete. Me asustó su mirada. Ya no había cólera ni burla en sus ojos: había ternura, extraña, terrible. Cuando se dio cuenta que lo miraba, se avergonzó. Quise darle la mano y decirle: “Te comprendo”. Pero qué difícil es sincerarse sin cebada. Sé que esa tarde Colorete quiso decirme algo, sin embargo, calló: tuvo miedo. Sin decir nada, se fue.”

Cara de Ángel se asusta, titubea, sin llegar empero a ser tajante ni a intimidarse del todo. Con cebada sería más fácil, sin duda, mucho más. Y siempre trata bien a Colorete, y por eso se extraña hasta casi la desesperación cuando es llevado a la fuerza para pelear con él. En el camino abriga junto al temor, la esperanza de que todo sea un juego. Pero se trata de un procedimiento de rutina, por el que como hemos visto, todos los hombres que pretendan asumirse como tales, tienen que pasar. Como en otras tantas situaciones, lo masculino se revela frágil, impostado, performativo[vi]: “De pronto, algo se quiebra, se desmorona en su interior y se duele por él, por sus amigos, por su mamá”.

Colorete, calculador, sabe que Cara de Ángel no tiene chance de rehusarse; revela como prólogo al ritual, su estampa inequívoca de macho: “Orgulloso, exhibe su pecho moreno y musculoso”. Pronto, toda su brutalidad se hará presa inequívocamente del deseo homosexual. Su ira lo arrastrará hacia el pecado nefando cuando se halle jinete encima de su rival, mientras éste yazga boca abajo, tendido sobre el piso.

Detengámonos aquí para reparar en que la dominación y el sometimiento del(a) compañer@ son expresiones fundamentales de la sexualidad masculina sobre la que recae el papel ‘activo’. Su correlato es la subordinación y la humillación en el caso extremo de quien desempeña el papel receptivo, ése que está consagrado para la mujer en los términos binarios del sistema sexual. El hombre puede permitirse una relación homosexual sin dejar de ser hombre ni poner en duda su masculinidad en la medida en que conserve su rol insertivo -léase penetrativo- y no involucre sus afectos[vii]. Colorete por ejemplo, a sabiendas de todos, convive con un homosexual, pero es –supuestamente- el que penetra y además anda enamorado de Marina. En consecuencia está fuera de duda que él sea un verdadero hombre.

La escena continúa, con Colorete aún montado sobre su oponente: “... con los brazos le rodea el pecho ajustando fuerte, al mismo tiempo, que, ansioso, mete la cara por los sobacos de su rival y aspira con deleite. (Le gusta el olor de mi cuerpo piensa Cara de Ángel). Voltea el rostro y lo mira. Los ojos de Colorete ya no tienen furia, tienen un brillo extraño que asusta. Es el mismo brillo y la misma ansiedad que vio en los ojos de Gilda la noche que casi le toca las piernas. Cara de Ángel siente miedo desconocido y oscuro.” No cuenta sólo el hecho de que en el combate Cara de Ángel haya sido doblegado, sino que Colorete lo ha feminizado, ensayando satisfacerse voluptuosamente con él, desde su posición de macho dominante. Doblemente humillado, Cara de Ángel logra zafarse, pero luego que la collera se abalanza sobre él para robarle, Colorete logra la sanción colectiva de sus pares; el veredicto social que lo reconoce finalmente como hombre, al final del espectáculo, cuando le dice en voz alta a Cara de Ángel: “Te creía limpio pero me gustas más así: Un día de estos te agarro, de verdad”.

El vergonzante sacramento del género no termina, y el perdedor debe comparecer para deleitar al guerrero vencedor y a su corte; la derrota, que es señal de su debilidad y su afeminamiento, reafirmado por el sensual deleite en los ojos de Colorete, marca su exclusión transitoria de su pandilla, la ruptura de su comunidad. Ya no es uno más de los suyos. Feminización y cosificación son sinónimos en el vocabulario sexista. Cara de Ángel debe masturbarse frente a los hombres expectantes y atentos; la excitación colectiva sublimada en el forcejeo, la batalla y el pillaje, ha manado finalmente, transparente y homoerótica, hacia la superficie. Las jerarquías, no obstante, permanecen intactas.

Corolario

Ensayaré una conclusión y una moraleja: “Cara de Ángel”, de Oswaldo Reynoso, es una narración dramática de cómo un deseo sexual proscrito encuentra su ‘Caballo de Troya’ en un ritual hegemónico y recurrente, ajustado fielmente al ideal genérico de la masculinidad, para realizarse y trascender, inclusive hasta ser impunemente visible, a pesar de ser ilegítimo dentro de los marcos del sistema sexual. La transgresión aquí, por lo tanto, nunca ocurre, puesto que las prácticas desviadas se narran con el lenguaje de la dominación y por esa razón, no son condenadas ni reprimidas. Esa codificación del episodio homoerótico en clave de género, anula cualquier potencialidad libertadora de la práctica material -o mejor, corporal- de la disidencia sexual, puesto que al asumir sus categorías, termina sometiéndose y reforzando simbólicamente la institucionalidad heterosexista.
* Una versión preliminar de este artículo se publicó en la revista virtual Espergesia en octubre de 2004 y luego en la revista Dragostea (blanconegro)-recopilación de literatura no heterosexual en marzo del 2006
[i] Reynoso, Oswaldo (2002): Los inocentes. Ediciones San Marcos. Lima
[ii] La ‘matriz heterosexual’ del género, explica Butler, es la ‘rejilla de inteligibilidad cultural a través de la cual se naturalizan cuerpos, géneros y deseos’. En: Butler, Judith (2001): El Género en disputa. Paidós, Buenos Aires.
[iii] Ibíd. Butler alude a la concepción intencionada y falsaria del ‘sexo’ como una categoría pre-cultural, del dominio de la ‘naturaleza’ y de la biología, como si aquello que es ‘natural’ no se estableciera histórica y culturalmente por convenciones sociales.
[iv] En el sistema binario del que aquí se trata, no ser hombre es ser cobarde; no ser hombre es ser mujer; las mujeres por lo tanto son cobardes.
[v] Para deslindar con posturas esencialistas, hay que precisar que más que de los hombres, la cultura de la transgresión o de la pendejada, asume anti-valores que proceden de una cultura machista, hegemónica todavía en nuestro medio y que involucra a hombres y mujeres. (Las otras identidades de género obviamente quedan están excluidas en el modelo binario).
[vi] La idea del ‘género performativo’ es la piedra angular de la teoría queer.
[vii] Ugarteche explica con maestría y sencillez: ‘El macho en esencia anula la relación con sus sentimientos, sean de amor, de tristeza u odio, y la sustituye por la conquista depredadora y el cálculo racional... El macho tiene un pene duro que entra donde sea preciso: hombre, mujer, animal, lo que sea placentero y esté disponible’. En: Ugarteche, Óscar (2005): Machos, los de antes. Quehacer No. 152. Desco. Lima.

viernes, 23 de noviembre de 2007

***Lectura hermenéutica de “los inocentes” de Oswaldo Reynoso—(HERMENEÚTICA FENOMENOLÓGICA, TEORÍA ÉTICA DE LA LITERATURA)

Alumno: Jorge Alejandro Vargas Prado.
Curso: Teoría literaria V, profesora: Rosa Núñez Pacheco, cuarto año de Literatura. UNIVERSIDAD NACIONAL DE SAN AGUSTÍN-AREQUIPA, PERÚ.
Año: 2007


Licencias para una metáfora previa:

Imaginemos que tu madre es una puta.
Y no es sólo puta sino que también es fea, le falta un diente, huele mal y suele armar escándalos constantes después de sus borracheras.
Tú, sin embargo, la amas.
Estás conciente a plenitud de sus defectos, esos defectos te hieren aunque es de tu preferencia pensar en lo bueno de tu madre. Hace buenas bromas, es original pero poco atinada en su vestir, lee libros valiosos y te los comenta, su conversación es ingeniosa y tiene los mejores sentimientos hacia contigo.
Consideras que eres destacado, inteligente y que todo lo bueno en ti, de alguna forma, es a causa de tu madre.
De pronto recuerdas la edad en la que fuiste conciente de que tu madre era buena, en contra de lo que el mundo entero te decía; recuerdas cuando descubriste que podías hacer que la vida de tu madre, y en consecuencia la tuya, sea mejor (no solucionarla, sólo hacerla mejor); recuerdas cuando te propusiste con todas tus fuerzas hacerle aquel bien al mundo.
Estás en buen camino pero te cruzas con alguien que día a día te recuerda que tu madre es puta (lo sabes, te hiere pero persistes), que a tu madre le falta un diente (lo sabes, te hiere, comienzas a incomodarte), que huele mal (¡lo sabes! ¿y?, aún sigues creyendo en lo buena que es tu madre), día a día te cuenta el nuevo escándalo que despertó al barrio entero.
Y sin embargo esa persona no te comenta, porque no lo sabe o porque no quiere saberlo o simplemente porque es un necio improductivo, la inteligente crítica que tu madre le hizo al programa de Jaime Bayli en medio del callejón, o cuando tu madre salió con unos palos para defender a una muchacha que era asaltada en la calle, o cuando tu madre recogió a un viejo mendigo que moría para ayudarle a pasar mejor sus últimos momentos en este mundo.
Te cansas.

Yo me he cansado.


Quiero demostrar aquí, cómo Los Inocentes de Oswaldo Reynoso estando sometidos a una madre (sociedad-ciudad-país) déspota, odiosa, sucia; nunca son derrotados; cómo, pese a su juventud, son capaces de enfrentar al mundo (los adultos) y, por medio de la voluntad, intentan vivir una vida intensísima hasta las últimas consecuencias.


LOS INOCENTES:

Cara de ángel:

Cara de ángel es bello, gran contrasentido para él: su belleza es miel para abejorros mayores (adultos) y sedientos de su carne que lo persiguen para, a cambio de favores económicos, ser poseídos por él; sin embargo, él revierte la escena y juguetea con ellos, juega con su belleza pero rechaza el acto en sí. La relación con su madre soltera es ineficiente y nada productiva: metáfora exacta a la relación de los muchachos con su mismo contexto, con su país, con su sociedad que desconfía siempre de sus logros (“…mi vieja cree que ya estoy con uno de esos y, sin averiguar nada, me pega. Hoy me ha pegado. No me quiere”), su madre lo desprecia, le gruñe, le golpea pero no lo derrota; pese a su problemática familiar Cara de ángel lucha, principalmente, por dos objetivos: ser un hombre de verdad (lo que se traduce en “valiente” y luego en “dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias de una vida intensa”. Cara de ángel vive dispuesto a crear su propio mito, un mito que lo ayude a vivir con intensidad y reconocimiento —felicidad—, su voluntad es potente y busca ser productiva, no condena su futuro por la desgracia que le tocó vivir en un momento) y tocarle las piernas a Gilda, lo que al final completa su deseo: amar, término un poco distorsionado del estereotipo, amar significa aquí intimar físicamente, idealizar lo real de la persona, su aspecto biológico, sus olores —agradables o, lo que es mejor, desagradables—; con respecto a ello se nos presenta fuerte la imagen de Colorete, él representa con exactitud la postura de la sociedad (del país) respecto a Cara de ángel: lo abusa, lo intimida, siempre terminan golpeándose pero Cara de ángel no cede, lo quiere, lo acepta y lo entiende (“Cuando se dio cuenta que lo miraba, se avergonzó. Quise darle la mano y decirle: “Te comprendo”…), produciendo con ello, de alguna manera, el crecimiento de ambos. Es claro: Colorete ama, amor conciente de lo biológico”, a Cara de ángel.

El Príncipe:

El Príncipe tiene el sendero de su vida marcado por su apodo, cedido por el homosexual que dirige la peluquería: Manos voladoras (“…tú tienes toda la facha de un Príncipe… No hay necesidad de ver príncipes de verdad para imaginarse cómo son”). Tenemos aquí algo resaltante, pese a manejar todos ciertos códigos machistas, el homosexual no es discriminado ni atentado en ninguna forma; el trato constante ha hecho de “esas personas” productivamente tolerantes.
Después de su aparición en los periódicos la mayoría joven lo admira, Manos voladoras reflexiona acerca de la honestidad de los adjetivos en la manera de vivir (“…ser roc no sólo es usar bluyins y camisa roja: eso, es cáscara. Ser roc significa, significa… bueno, por ejemplo, hacer lo que ha hecho el Príncipe”), considera, independientemente del carácter positivo o negativo del término, que no basta con ser llamado como algo, sino que se tiene que ser ese algo viviendo hasta las últimas consecuencias. Para Manos voladoras aquello es primordial y hermoso, en cambio para don Lucho, dueño de La Estrella y amigo del papá del Príncipe, es inaudito y dañino. Nos enfrentamos en este punto a una dialéctica: para los jóvenes la actitud del Príncipe es admirable, sin importar las consecuencias negativas, por la sinceridad de sus actos (lo que luego desemboca en la efervescencia de los demás muchachos para probar que el mundo ya los ha reconocido de manera extraordinaria, voluntad de construir mitos); en cambio para los adultos, don Lucho y el auxiliar López, aquello resulta penoso. En el caso de don Lucho la solidarización con el papá del Príncipe surge más por una cooperación coetánea que por alguna cuestión de sinceridad. Con respecto al auxiliar López, su torpeza y estupidez construyen en el Príncipe el rechazo a una generación de la que no es parte (y la cual está en su contra, es atacado por ella: “Lloro, lloro inconsolablemente. Todo está perdido, estoy solo, solo y tengo ganas de morirme”, pero que al final nunca logra derrotarlo: “Ya no recuerda que ha despertado llorando”), la rechaza y la enfrenta por medio de la voluntad para hacer realidad su mito: “¡Y cómo, en la Ciudad de los Reyes, un Príncipe sin auto y sin plata!: la hueva, compadre.”

Carambola:

Carambola maneja su identidad con respecto a Choro Plantado, que representa un indeseable de la sociedad que los contiene y que además fue quien lo bautizó, sin embargo Carambola desea ser como él. Una esfera mística (mítica) envuelve el relato desde que se plantea el primer enigma “él, sólo juega para liberarse”. Pese a ser un ex convicto por el asesinato de su mujer “él es bien derecho, juega sin trampas y castiga a los torcidos”. Una sociedad lo ha castigado, lo ha herido pero ya fuera de la cárcel parece haber fortalecido su moral. Carambola se siente excluido por sus padres “Yo no soy mocoso y nadies me importa y… además, a nadies le importo en mi casa” y busca un nuevo refugio en Choro Plantado quien, tras una oleada de sinceridad, reflexiona de manera positiva y productiva de la vida, incitando en Carambola la voluntad de vivir una vida intensa hasta sus últimas consecuencias, disfrutando, teniendo pasión: “Yo sé que tú quieres ser el trome del billar; pero, para eso, no sólo basta saber manejar el taco. Hay que tener pasión por el juego. Por la vida, Carambola.” Luego, Carambola descubre que Choro Plantado juega para liberarse del peso que la vida deja en el corazón de la gente golpeada, él ha sido golpeado, humillado por la sociedad pero su visión positiva de la vida no cambia; se siente aceptado nuevamente al salir, nadie lo cuestiona ni se interesan en señalarlo, quiere a la gente de su sociedad: “…porque aquí todos son buenos… Y ahí vamos, Carambola, jalando, tirando pa’delante…”.
Por último Carambola rechaza a ciegas el único concepto pesimista que Choro Plantado menciona, ninguna mujer es buena; Carambola aún no ha experimentado en la materia como para tener una conclusión pero prefiere creer, prefiere ser optimista y Choro Plantado, aún sabiendo la verdad, prefiere mantener el mito.

Colorete:

Colorete persigue los mismos objetivos de Cara de ángel: quiere ser adulto (lo que significa ser valiente. Su situación resulta más traumática que la del muchacho hermoso pues su “cobardía” se relaciona directamente a entablar relaciones con el sexo opuesto y no con los demás varones, cosa contraria en Cara de ángel. En un primer momento, se nos presenta como el líder del grupo, al que todos admiran o al menos respetan; pero los papeles se revierten: en su situación desencantada él es capaz de estetizar su tristeza sin razón por medio de guarachas, cosa rara pues sus amigos y las personas en general suelen alegrarse con guarachas, él termina deseando ser como sus amigos ) y desea el amor de una muchacha: Juanita, nuevamente la idea de un amor poco estereotipado regresa con fuerza: “Me apretaré a tu cuerpo. Te oleré de cerca” y en la visita a la playa, al olfatear sus ropas: “tenía un olor suave, húmedo”. Colorete persiste en sus ilusiones, aunque está casi seguro de que Juanita ya no es la pequeña de quince años que supone le envió el colorete en una carta anónima. Persiste y lucha por ellas hasta el final. De alguna manera el término del cuento nos deja una interpretación por abrir: Juanita desprecia a Colorete (encuentro para el cual Colorete se había preparado durante todo el cuento y que requiere la derrota de muchísimos de sus miedos e inseguridades) y se va con un muchacho con más prestigio debido a su carrera universitaria; nunca sabemos la reacción de Colorete aunque teniendo en cuenta todas las pistas recogidas a lo largo del libro propongo una derrota dolorosa pero (de alguna manera, en la “cáscara” al menos) fácilmente superada. Una derrota que lo impulsará con nuevos bríos a buscar un rumbo mejor.

Rosquita:

Por último, el Rosquita, el más niño de todos. Su llanto incontrolable lo delata pero él quiere ser a toda costa un adulto que va a lugares prohibidos, a cantinas (en lo que él engloba la libertad), llama a los muchachos que suelen golpearlo como “torcidos” y es justamente por ello que la tristeza lo invade, en su conciencia está que su edad convive con la perdición, que sus amigos tal vez están tomando un rumbo que él considera peligroso, de ahí su posición evolutiva: él desea con fuerza ser adulto pero no un adulto como con los que convive, sino un adulto pleno, libre: recto.


A modo de conclusión

Ninguno es derrotado. Tal vez resultan heridos pero se recomponen de inmediato y con más fuerza, para demostrarle al mundo su ineptitud (mayoritariamente representada por adultos), los inocentes mantienen sus esperanzas y sueños. No se resignan, no se abandonan ellos mismos ante el abandono de su madre (familia-sociedad-país), sino caminan, corren entusiasmados tras su propio mito, mitos que suelen ser exasperantemente sinceros, para alcanzar lo que aman: una mujer, representación del amor real-biológico-conciente, y una adultez diferente de la que ven, para sacarle la vuelta a su destino, para hacer de sus vidas nuevas un sincero y hermoso espectáculo en el cielo.

Bibliografía:

-REYNOSO, OSWALDO. Los Inocentes. Editorial San Marcos. Lima-Perú, (edición del 2002).
-MATURO, GRACIELA. La razón ardiente. Editorial Biblios. Buenos Aires-Argentina, 2004.